No sabía del todo muy bien si alguna vez volvería a escribir como antes.
Antes, cuando me dejaba llevar tanto que mis sentimientos tenían nombre y cinco o seis acepciones. De esas veces que sin pensarlo mucho me ponía delante del ordenador y todo lo que salía era lógico y coherente. Pero hacía cuestión de unos tres años no era para nada de esa manera.
Todo seguía su curso normal excepto yo, me había visto envuelta en una espiral de egocentrismo y alegría que no tenía fin. Cuando se me ocurría pensar que todo estaba yendo demasiado bien una vocecita inútil siempre me recordaba bien alto que era por lo que había luchado tantas noches y tantos días.
Que merecía todo lo que me estaba pasando, que merecía a la persona con la que había decidido compartir mi vida, merecía mi trabajo, la casa que tenía… Lo que yo no sabía es que tu vida iba acabando… Porque es ley de vida y porque te tenías que ir.
Como si tuviese un presentimiento, pero no quise escucharlo, fui a verte las últimas semanas sin saberlo. Me encantaba cuando te preguntaba cosas que no tenían demasiado sentido y tú te inventabas toda una historia. Cuando hablabas de él como si estuviese con nosotras sentado. Como decías que el amor se construye cada día, que es algo que hay que cuidar, algo que no se tiene siempre, pero que cuando se encuentra se nota.
Que la vida a veces nos lo pone muy difícil, pero siempre nos deja ese pedacito de caramelo en la boca para que no nos falte de nada. Que aunque tu infancia, hablando mal y claro fue una mierda como una patata de grande, siempre miraste a todo el mundo con una sonrisa y eso hizo que la vida os uniese en el camino. Camino, que ni a día de hoy, os separa.
En realidad yo no quería verlo, de camino casa pensando lo peor, le pedí repetidas veces que no te llevara todavía, que no había pasado suficiente tiempo contigo, que nos dejara un poco más. Lo que yo no sabía era que ya te habías ido.
Cuando llegué y no vi tu silla, me cayó el mundo encima, como un puñetazo en toda la cara. Sentí que se me desgarraba la vida, y no exagero ni una pizca. Mi cuerpo no reaccionaba en absoluto y solo tenía en la cabeza tus manos y tu pelo. Llegó un punto en el que no podía parar de llorar hasta que me sequé. Me encontraba en estado de shock intentando asimilar todo lo que mi madre me contaba y lo que mi hermano era capaz de expresarme.
Entonces el pequeño de la casa empezó a llorar como si todavía tuviese 3 añitos y yo tuve más remedio que hacerme la fuerte abuela. Yo tuve que decirle que después de tanto tiempo separados por fin volverías a estar con el abuelo. Con quién habías deseado estar todos estos años. Y mi hermano lloró más y no paraba, y más lloraba. Y yo abuela, yo no podía parar de abrazarlo, no sabía qué hacer.
Después de algunos días evitando pensar en todo y en nada a la vez, por fin me he decidido a escribir. A expresar toda la rabia y la impotencia que tengo dentro de mí.
Porque aún llevando la fuerza de tu anillo, si no lo saco, no puedo seguir. Me pesa tanto que me ahogo, me ahogo de verdad. Se me congelan las ideas y no hay manera de reaccionar a nada. La música no me ayuda y la compañía hace que me evada más de mí misma. Te prometo que he buscado alternativas para evitar pensar o no hacerlo, pero no han servido de mucho.
Tenía miedo en volver a escribir porque pensaba que no me iban a salir las palabras, pero ya veo que sigo como siempre, que solo tengo que seguir ahí, ser constante.
Porque esta vez tú me has dado fuerzas para seguir enfrentándome a la vida, superando mis miedos y dándole la forma que yo quiero. Así que solo puedo darte las gracias.
Gracias por acompañarme todo este tiempo de mi vida, por enseñarme a escuchar y a valorar las cosas que tenemos y que somos.
Gracias por cada minuto que has pasado conmigo porque ha sido una enseñanza siempre.
Gracias por hacerte entender desde dónde estés.
Gracias por ser tú, ahora y siempre.
Te quiero mucho abuela.